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martes, agosto 12, 2014

De los que nos dejan

Como muchos sabréis ya a estas alturas, el actor y cómico Robin Williams (no confundir con el músico pop, como les ha pasado a mis padres esta mañana) falleció anoche.


Para muchos no tendrá más relevancia que cualquier otra noticia similar, muchos son los artistas que nos dejan y no por ello tendría que afectarnos más que cualquier otro conocido, normalmente muchísimo menos. Pero para mí, como para muchos de los niños que crecimos en los 90, esta muerte tiene un significado más amplio porque con él se va un ídolo de nuestra infancia y muere un pedacito de nuestros recuerdos, recuerdos tan dulces como los que nos dejaron sus películas.



Jumaji, Hook, Más Allá de los Sueños, Flubber, Señora Doubtfire, Jack, Una Jaula de Grillos, El Club de los Poetas Muertos, la voz del genio de Aladín para los países anglófonos, ¡Popeye!

Lo más triste de esta historia no es que se nos haya ido, que por supuesto lo es, sino la verdad sobre su vida. Porque aquel al que recordamos sobre todo por lo que nos ha hecho reír era una persona muy desgraciada. Alcohólico rehabilitado, depresivo crónico, si sabías mirar siempre veías una sonrisa triste en sus ojos, que reflejaba lo profundamente desgraciado e incompleto que debía de sentirse.
Y hoy en concreto, después de lo que he vivido estos últimos días, esto me hace sentir mucha empatía hacia él, pese a que muchos me habréis escuchado rechazar de plano la cobardía y crueldad que el suicidio me parece.
Porque esto habría de servirnos de recordatorio de que aquellos que más esfuerzo hacen por alegrarle el día a los demás, por iluminarlo con la más grande de las sonrisas, muy a menudo son los que se duermen llorando. 
D.E.P.

lunes, abril 30, 2012

Carpe Rosas


Ayer por la noche emitieron en televisión una de mis películas favoritas para cuando tengo...digamos uno de esos días en que una tonta comedia americana (con todos mis respetos) no basta: El Club de los Poetas Muertos. Si no la habéis visto ya, os la recomiendo encarecidamente.
En la película, el profesor de Literatura, el profesor Kitting, intenta imbuir en sus alumnos el ideal romántico del Carpe diem, "vive el momento", disfruta de cada segundo, "extráele el meollo a la vida", como ellos dicen. Pero no sólo aparece vividamente retratado el espíritu hedonista del Carpe Diem; más importante aún si cabe, se menciona también otro tema de la poesía latina: Collige, virgo, rosas dum flos novas et nova pubes, et memor esto aevum sic properare tuum, que aparece en el poema De rosis nascentibus. Algo que podría traducirse como "Coged, doncella, las flores mientras son aún frescas y nueva es vuestra juventud, pues recordad que el tiempo corre". Si carpe diem es nuestro grito de guerra para lanzarnos a vivir cada día con la ferocidad de un loco, collige virgo rosas es la razón en que se basa nuestro lema: agota cada segundo, disfrútalo con pasión, porque puede que sea el último.Y así es, tristemente. Y todo esto viene a raíz de que ha fallecido un familiar de una amiga al que yo también conocía y, bueno, este tipo de sucesos siempre hacen que me plantée temas como la muerte, la importancia que damos a la vida, al tiempo, a nuestros impulsos....
¿Es la mejor opción irnos de repente? ¿Llenos de planes inacabados, palabras que tuvimos miedo de decir, locuras que nunca llegamos a hacer? ¿Sería preferible saber cuándo vamos a morir? ¿Ver cómo se acerca el final dia a día, hundiéndonos quizás en su inetavilidad, en su trágica inminencia, sin ser capaz de movernos atrapados en la desesperación? ¿Conseguiríamos así organizar nuestros últimos momentos para cerrar nuestra vida en un volumen perfecto, tener el tiempo suficiente para "poner en orden nuestros asuntos" y así poder partir en paz, dejando sobre todo en paz a nuestros seres queridos?
Realmente no sé qué sería preferible, supongo que cada uno necesitaríamos una opción personalizada.
Yo, personalmente, creo que debería recordarme más a menudo la fugacidad de la vida para atreverme a vivir más de lo que lo hago. Creo que tengo tanto miedo a vivir que estoy un poco muerta. 

viernes, abril 27, 2012

CV 1


«¡Qué hermoso es el color rojo! Al menos, el auténtico color rojo, y no ese que todos pensáis que es». Yo era como vos; también a vuestra edad creía haberlo visto todo. ¡Cómo osaba venir un desconocido a decirme que no sabía cómo era el auténtico color rojo! ¡Qué valor! Tomates, pimientos, el lacre, la tinta...había múltiples ejemplos de objetos de color rojo a mi alrededor, por no mencionar los tintes que se empleaban para dotar a los tejidos de todos los colores del mundo. Me carcajeé del desconocido ante todos los presentes, que no tardaron en unirse a mi burla. Sin embargo, el desconocido apenas pareció verse afectado por nuestro escarnio; por el contrario, se relajó en una cómoda postura y sonrió con cierta sorna. Seguía manteniendo que ni yo ni ninguno de los presentes sabíamos cómo era el auténtico rojo. Entre la multitud brotó un murmullo de indignación y todos comenzaron a agitarse. No podía seguir tolerando aquello: era MI fiesta, en la que él se había colado sin ser invitado, y no le iba a permitir que continuara insultando a mis invitados. Le reté a demostrar su acusación...Maldigo el momento en que pronuncié esas palabras. Sólo alcancé a ver una sonrisa triunfante y un brillo de locura en sus ojos antes de que todo se volviera confusión, gritos y dolor; se movía a tal velocidad que sólo era posible seguirle por el rastro de cuerpos que iba dejando a su paso. Hombres, mujeres, todos caían entre alaridos agonizantes sin apenas haber tenido tiempo de ver la muerte acercarse. Y, de pronto, todo se quedó quieto y un silencio estertóreo descendió sobre la sala. Únicamente se escuchaba un sonido de succión que provenía del desconocido, que en ese momento soltaba a su última víctima: Sophie, mi hermosa y tierna prometida, que seguramente había sido la última para que yo pudiera verla expirar. En ese instante tuve que reconocer que al final el desconocido estaba en lo cierto, nunca antes había visto de veras el color rojo: el rojo de la sangre aún viva y palpitante que cubría el rostro y las manos del desconocido, el rojo de la sangre que brillaba en su sonrisa, en sus ojos, por todo el salón. El rojo del mar de cadáveres en que se había convertido mi fiesta de compromiso.